A través de los años, pareciese que ha sido durante toda la vida, el papel de la mujer dentro del mundo gastronómico ha tenido un valor completamente ambiguo. Por el lado de la alta cocina, las mujeres han sido relegadas, al punto de que a través de los años los varones han sido considerados los mejores chefs. Pero si vamos a la cocina cotidiana entonces encontraremos una pléyade de féminas que han marcado las tradiciones, que han mezclado los sabores y que, muy probablemente, sean las que hayan creado la gastronomía como la conocemos. Si nos atenemos a lo que piensa Sonia Corcuera al respecto de las monjas reafirmaremos lo dicho, “En el siglo XVIII se llegó a verdaderas obras de arte, barrocas en la mezcla de colores, formas, en los nombres rebuscados y en las originales combinaciones de ingredientes. Surgió lo que podríamos llamar alta cocina mexicana...”1
Pero, ¿es este el rol que toda mujer desea? “¿...experimentada ama de casa, inspiración de las madres ausentes y presentes, voz de la tradición, secreto a voces de los supermercados?”2 Con toda la trágica ironía que lo dice Rosario Castellanos, sería suficiente para ablandar incluso al más fuerte. Dentro de su escrito grita, amenaza e incluso insulta a quienes, escribiendo un recetario, suponen que todo el mundo sabe de lo que hablan. Renegando del papel que se le impone al cumplir con las reglas sociales de afecto de pareja, analiza desde los proverbios alemanes hasta la sola imagen de la cocina, para tratar de encontrar en dónde se puede situar dentro de ese plano. Y no sería para menos pues, “comer podía ser un placer; pero preparar el alimento desde la cocina, era una penosa obligación”3
La mujer actual o mejor dicho el sistema de vida actual, permite a la mujer desarrollarse más que en tiempos antiguos, así que aquellas que no han compartido la mitad de su vida metidas en el lugar de preparación de alimentos, encuentran tan desagradable y esclavista esta tarea como el más recalcitrante de los machos. Quiero hacer notar que de ninguna manera estoy denigrando a la gastronomía sino el tener que hacer de comer diario, para una familia que rara vez apreciará las horas de esfuerzo invertidas.
Desafortunadamente no todas las mujeres tiene acceso a estos cambios, pues la gente de escasos recursos, que no tiene la salvación del “comer fuera”, no tiene más remedio que hacer de comer. Y qué decir de las sirvientas que de esto viven y que son las que salvan a aquéllas que ni por error pondrían un pie en la cocina.
Así que la redefinición del rol de la mujer en la cocina, ese que frustra tanto a Rosario por no poder freír un bistec, ha permitido que algunas del género puedan huir tranquilamente (o no tan tranquilamente) del suplicio de la preparación diaria de alimentos, pero sólo para dar paso a que otras entren en sus hogares. Por más que estemos en contacto con abogadas, ingenieras, arquitectas, filósofas, etc., habría que preguntarse cuántas de ellas llegan a casa para cocinar al esposo y/o hijos, o simplemente a pagarle a su servidumbre (en la cual la presencia masculina brilla por su ausencia), pues la revolución sexual no ha llegado a tanto, como para que los hombres acepten gustosos el papel de anónimo diario.
1 Sonia Corcuera de Mancera, Entre Gula y Templanza, Fondo de Cultura Económica. México, DF. 1999. p. 104 – 105.
2 Rosario Castellanos, Lección de Cocina. p. 95
3 Sonia Corcuera, Op. Cit. p. 92
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